Para nadie es un secreto el enorme peso de la Iglesia católica en el último ciclo de negociaciones entre las insurgencias y el Gobierno nacional. Es más, se podría decir que la Iglesia ha sido un actor permanente en los diferentes momentos de negociación política en el país, por lo menos desde la década de los ochenta.

A pesar de sus pujas internas, la variable correlación de fuerzas o la menor apertura frente a ciertos temas abordados en los acuerdos de paz con las FARC-EP, sería imposible para cualquiera desconocer los aportes de la institucionalidad católica en materia de Derechos Humanos, alivio humanitario y acercamiento entre las partes militarmente enfrentadas. No es ninguna casualidad aséptica, por ejemplo, el  que sea precisamente un sacerdote católico quien hoy presida la Comisión de la Verdad; no obstante, valdría la pena preguntarse, ¿y la verdad dentro de la Iglesia qué?

Eso, ¿y la verdad qué? 

La Iglesia católica, mayoritaria en Colombia, es un actor que, como pocos, ha sabido encarnar las contradicciones de la guerra. Sacerdotes y religiosas —por no hablar de comunidades de base enteras guiadas por una fe cristiana— han participado activamente en los diversos bandos del conflicto. Si se quiere, podría hacerse un variado catálogo de miembros de la Iglesia comprometidos, en un mayor o menor grado, con diferentes proyectos insurgentes; o bien, poniendo las sotanas al servicio de una suerte de bloque contrainsurgente formado por los ejércitos paramilitares y las fuerzas armadas. 

También los hay, dicho sea de paso, que en defensa de las comunidades y del territorio, y así desarmados, fueron asesinados por dirigencias políticas locales con el fin de adelantar procesos de despojo y de desarticulación de la resistencia social, como bien lo ha reseñado el sacerdote jesuita Javier Giraldo Moreno en aquella especie de informe del martirologio nacional publicado bajo el nombre de Aquellas muertes que hicieron resplandecer la vida.

Más allá de la aparente neutralidad con la que la jerarquía católica se ha querido presentar en todo lo concerniente al conflicto armado y a la solución negociada del mismo, lo cierto es que la cuestión religiosa merece un capítulo aparte en la historia reciente de la guerra en Colombia. Llama la atención, por decir lo menos, que dentro de las producciones del Centro Nacional de Memoria Histórica (CNMH) solo haya dos investigaciones dedicadas a asuntos directamente religiosos: ¡Tiberio vive hoy! Testimonios de la vida de un mártir del año 2014 y Memoria y comunidades de fe en Colombia del año 2019. 

En ambos casos, sin embargo, la orientación hacia el estatus político y jurídico de la víctima, predominante en el CNMH, ha impedido reconstruir un relato rico, diverso y profundo que se corresponda a una institución que ha asumido papeles tan diversos en medio de la confrontación armada. La verdad de la Iglesia está por ser contada y según parece, la mayoría de los jerarcas no están interesados en dar el primer paso. 

En este sentido, un hito invaluable de una parte de la historia fue la aparición de La revolución de las sotanas en el año 1995. Allí, el periodista Javier Darío Restrepo logra explorar —casi un cuarto de siglo después— los testimonios soterrados de una Iglesia convulsionada por el Concilio Vaticano II, las conclusiones del Consejo Episcopal Latinoamericano de 1968 (CELAM-Medellín) y la muerte en combate del sacerdote Camilo Torres Restrepo. 

Aquellos relatos de algunos sacerdotes que en su opción cristiana por los pobres optaron por participar de diversos modos de la lucha insurgente de guerrillas como el ELN o el M-19, son un rostro que la Iglesia aún no se ha atrevido a revelar. 

Otro hecho aún más complejo en cuanto a la complicidad de altas estructuras del clero, es lo que sucede al escudriñar en casos como los del Cardenal Alfonso López Trujillo, políticamente dirigido a la erradicación de corrientes izquierdistas dentro de las comunidades de fe y los líderes religiosos. La así llamada Teología de la Liberación, que venía siendo duramente atacada por el Papa Juan Pablo II en América Latina, encontró su peor enemigo en Colombia en la persona de López Trujillo quien, según testimonios del ex sacerdote Ancízar Cadavid, para el Observatorio de Exilio y Memoria de Medellín, no escatimaba en alianzas con narcotraficantes y paramilitares para silenciar a los sacerdotes y a las religiosas de la así llamada Iglesia popular. 

El mismo silencio incomodo surge cuando se evoca la figura del sacerdote Óscar Ortiz del corregimiento de San Antonio de Prado en Medellín, quien fue detenido en Risaralda en el 2014 tras estar prófugo de la justicia luego de que se comprobaran sus vínculos orgánicos con estructuras criminales y paramilitares dedicadas a la extorsión, el asesinato y el amedrentamiento de la oposición política y de las organizaciones sociales.

Como la sangre, la verdad clama al cielo

Según el relato bíblico, cuando Dios preguntó a Caín por la suerte de su hermano Abel, este no pudo más que mentir ante la mala consciencia del fratricidio. Pero Dios, que todo lo ve, no tardó mucho para sentenciar: “¿Qué has hecho? La voz de la sangre de tu hermano clama a mí desde la tierra”. Así como su sangre, la verdad clama a gritos, pero no obtiene más respuesta que humanas pretensiones e, incluso para el caso de instituciones como la Iglesia, humanas controversias. Muestra de ello fue la polémica generada por las beatificaciones de Pedro María Ramírez Ramos y Jesús Jaramillo Monsalve con ocasión de la visita del Papa Francisco a Colombia en el año 2017. De nuevo, la verdad frente a la participación de la Iglesia en la violencia política pellizca y remuerde el discurso de neutralidad de la jerarquía católica. 

El primero, Pedro María Ramírez, fue párroco en el municipio de Armero, Tolima, en la década de los cuarenta, en ese momento de tensión extrema entre las bases liberales y conservadoras. Al mejor estilo del célebre sacerdote Miguel Ángel Builes, Ramírez es recordado por haber alentado la lucha contra las ideas y las familias liberales, invitando, incluso, al asesinato del líder Jorge Eliecer Gaitán y de sus copartidarios. Una vez asesinan a Gaitán en 1948, las masas gaitanistas enfurecidas toman venganza y asesinan al sacerdote. 

Por su parte, Jesús Jaramillo Monsalve, fue un obispo en Arauca asesinado en 1989 por el Frente Domingo Laín del ELN en confusas circunstancias (irónicamente Domingo Laín fue un sacerdote español que murió como combatiente insurgente). Al principio el ELN dio algunas explicaciones inconsistentes sobre la cercanía del sacerdote con los militares y el uso indebido que él mismo le daba a los recursos para educación, pero finalmente termina por retractarse y pedir perdón ante los hechos. 

Más allá de cualquier discusión sobre la ejemplaridad cristiana de los beatos, lo cierto es que estos homenajes llegaron en un contexto en el que la única fortalecida resultó ser el ala más reaccionaria del catolicismo. La misma que decididamente se había opuesto a los acuerdos de paz, que silenciosa pero enérgicamente ha pretendido silenciar discusión alguna sobre la participación de la Iglesia en la guerra y que, de una forma u otra, ha eludido los aires renovadores del pontificado de Francisco. Al respecto, el sacerdote jesuita —como lo es también el Papa— Javier Giraldo Moreno, afirmó en su momento que realizar esas beatificaciones resultaba bastante “cuestionable” debido al momento político que vivía el país, y sugirió que el motivo de las mismas podría estar en la “presión” de una parte muy conservadora de la Iglesia colombiana. 

¿De confesores a confesos?

No hay duda de que la llegada del Papa Francisco al Vaticano ha modificado considerablemente las coordenadas políticas de la Iglesia. Su discurso renovador, cierta apertura ecuménica y social, y una sorpresiva visita a la isla de Cuba, han abierto campo al proceso de paz en Colombia dentro del nuevo rostro de la Iglesia que el pontífice desea proyectar al mundo. Y en eso no está solo. Monseñor Darío de Jesús Monsalve, arzobispo de Cali desde finales del 2010, ha sorprendido al mundillo político y religioso en diversas ocasiones y frente a temas muy variados. En un texto suyo de reciente aparición escribe: “La Iglesia en Colombia, por muchos motivos cercana y al mismo tiempo afectada, dentro de ella, por la existencia e historia del ELN y su impacto en clérigos, religiosos, comunidades católicas, territorios y diversos espacios, siempre acompañó los múltiples intentos de diálogos que esta guerrilla ha sostenido con diversos Gobiernos”. 

Palabras más palabras menos, Monsalve —que es parte de la misma jerarquía católica— ha complementado, o si se quiere, iniciado la superación de cierto relato histórico que ubica a la Iglesia como una simple mediadora en temas humanitarios por medio destacadas iniciativas como la Comisión por la Vida, la Justicia y la Paz o la Comisión de Conciliación Nacional. Aunque el camino es aún muy largo, el avance es significativo y miles de católicos lo estaban exigiendo. En el año 2017, con motivo de la visita de Francisco, más de mil religiosos y religiosas firmaron una carta pidiendo perdón por las responsabilidades de la Iglesia en la historia de la violencia política del país; a pesar de no contar con el aval de la Conferencia Episcopal, el colectivo “Mil Firmas por el Perdón” logró llevar a cabo un evento público de perdón y enviar un documento al Papa Francisco donde las intenciones de reconstruir una Iglesia para la paz con verdad y justicia histórica quedan más que claras.

Lo que también quedó claro es que la verdad al interior de la Iglesia es un hueso muy duro de roer. El clero, y sobre todo la jerarquía, permanece dividido frente al momento de cambio político que ha implicado el ciclo de negociaciones abierto con las insurgencias desde el 2010. Si se pensaba que el nombramiento del reconocido sacerdote Francisco de Roux a presidir la Comisión de la Verdad supondría una oportunidad de lujo para incursionar en aquellos temas incómodos para todos los actores de la guerra, incluida ahí la Iglesia, hoy ese horizonte no resulta tan claro. Más aún, con las fuerzas conservadoras alineadas nivel político y religioso, las posibilidades de una especie de confesión colectiva se ven drásticamente reducidas. 

Texto: Colombia Informa. Para: Periodismo de Verdad

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